lunes, 16 de mayo de 2016
mañana de superochos
Suena mi alarma a las 6 am. La apago al menos 6 veces para por fin levantarme a las 7.20 de la mañana. Atrasada, obviamente. No sé de qué otra forma uno puede vivir. Me meto en la ducha. Creo que en esos 10 minutos bajo la maravilla de milagro, que es el agua calentada a gas, no tengo ni un pensamiento, ni una reflexión, ni una sensación de placer ante la intensidad y el misterio que es estar bajo el agua - cual sea la temperatura. Me visto, siempre aproblemada en las combinaciones correctas de colores y de proporciones. Siempre pensando en cómo me veré, y cómo debe verse una oficinista chic. Ni sé qué significa eso, y cuando lo pienso, puedo jugar que lo proyecto y luego me miro al espejo y sólo veo un mono tratando de ser algo, alguien. Me preparo un desayuno, procurando no tomarme más de 10 minutos en comerlo. Todo esto mientras me rayo los párpados, y pinto mis mejillas para cubrir mis imperfecciones, que no son más que las pecas que heredé de mi -amante-de-pecas madre. Ni siquiera puedo recordar qué desayuné. No importa si la palta no tiene sal. No importa la cantidad de gotas de dulzor concentrado le haya puesto al café. Lo único que importa es apresurar cualquier movimiento y proceso. Me lavo los dientes en 1 minuto, a veces menos. Puedo saborear con mi lengua todos los rincones que quedaron sucios, pero es tarde. Tal vez use el cepillo que tengo en la oficina para repasar. Obviamente, nunca me acuerdo de hacerlo. Camino desde mi casa al paradero de micro. Son 4 cuadras pequeñas, 5 minutos máximos. Con suerte miro caras, tengo algo más importante que hacer. Es menester saber qué micro viene cerca y qué tan cerca. Es de suma importancia para la estrategia de transporte a seguir. Si no viene en menos de 5 minutos, tomo el primer colectivo que llegue. No importa que al final del día gaste 3 lucas en llegar al mismo lugar, al mismo metro cuadrado, con la misma silla de símil de cuero negro, roto por algún empleado anterior, de similares características traseras pero en mayor proporción. Siempre que el destino dice colectivo, lo tomo y el chofer parece ser la persona más relajada, sin apuro, y precavida para conducir. Cuando por fin llego al metro, veo que llegan decenas de micros, con toda esa gente que esperaba conmigo, pero cuya paciencia los ha premiado con el ahorro de bondadosos 400 pesos. Subo las escaleras, esquivo a los más lentos, embarazadas, tercera edad, señoritas cuidadosas de mover sus faldas con mucha violencia. Supero a los tatas, paso por sobre las escobas que limpian esos peldaños una y otra vez al día, sin causar la más mínima diferencia. Huelo el olor de las sopaipillas, y paso a los más temerarios que se atreven a desayunarlas con un generoso baño de mostaza subiendo las escaleras casi corriendo, desafiándome. Logro pagar la tarifa correspondiente. Veo que mi tren se aproxima, necesito estar abajo presta a abordar, sea como sea, ese maldito coche de esclavos. El tren se detiene y pido a gritos, suplico, a todos los amables pasajeros, que se muevan sólo unos centímetros para poder ingresar. Uso las palabras más amables y bellas que mi madre me enseñó. Las entremezclo para ver si así obtengo mejores y más efectivos resultados. Nada. Nadie se mueve, porque temen perder ese territorio momentáneo que nos asegura el arancel cancelado. No me rindo. Veo breves espacios entre la señora y la mochila y la espalda y los celulares y los audífonos. Empujo a todos un poco, sin dejar de pronunciar los embrujos que una sociedad educada espera oír. Por fin subo. Le agradezco a todos la nula reacción a mis súplicas. Caballo, me responde el más reacio a ceder. Pienso en tantas formas de responder. Pienso en las frases clásicas del héroe de película. Pienso qué diría ghandi, la teresa, el jesús. Pero respondo algo que ni a mi me produce admiración o sentido. Le digo "al menos un caballo chico que dice permiso por favor y gracias". Esperaba risas abundantes, aplausos, palmadas en la espalda. Alguna reacción de la audiencia, que siempre toma un bando silencioso. Una audiencia que siempre imagina intervenir, pero que nunca hace nada. Cuando la sensación a ridiculez por fin abandona mi cabeza, y el rubor de mis cachetes, me dispongo a tener un viaje feliz. Tomo aire profundo repetidamente mientras pienso: inhala lo bueno, exhala lo malo. Lo hago, profundamente, con intensidad, poder y convicción. Al menos las 4 primeras veces, porque después de eso, recuerdo mi audiencia. Recuerdo ese público que mira todo y a la vez mira nada. Me imagino a todos mirándome respirar con tal fe y superioridad espiritual, que la admiración interrumpe mi ritual. Abro los ojos, y claro que todos están absortos mirando sus celulares, y las últimas actualizaciones de facebook. El viaje continúa. Lucho constantemente con aquellos que siendo más altos que yo, pudiendo alcanzar cualquier ayuda aérea que yo no, prefieren equilibrarse en mi. Gente que se deja llevar por la inercia del movimiento del tren. La estática la gravedad la fuerza centrípeta. Todo contra mi cuerpo. Las señoras se apoyan en mí lentamente, cerrando los ojos y descansando unos segundos antes de comenzar una nueva jornada laboral. Las dejo apoyarse para luego moverse con violencia sólo para despertarlas y hacerlas notar que estaban totalmente sobre mi. Según mis cálculos, toda mi artimaña debería producir en ellas una reflexión tan profunda y crítica, que debiesen llegar a sus destinos pensando sinceramente en cómo enmendar lo que han hecho. En cómo hacer de este mundo un lugar mejor si dejan de apoyarse en la gente más chica. Salgo del tren. Otra carrera en subir las escaleras. Quien pisa esos peldaños primero. Quien sale primero, quien saborea el frío del amanecer primero. Quien corre a comprarse un queque, o un superocho de desayuno. Mierda, me quedan 70 segundos exactos para estar en mi oficina. Camino a toda velocidad, una distancia que según mis cálculos, debería tomarme 30 segundos completar. Claramente me toma 12 minutos, lo que significa que estoy atrasada en 10. Pienso en qué decir. Qué inventar. El metro venía lentísimo. Salió algo en la tele? No pasaban micros, ni colectivos, ni taxis ni nada. Pienso en la honestidad. Me quedé dormida. Oh perdón me atrasé. Sigo corriendo, me duelen los pies en estos zapatos de mierda. Pienso en si tenía algún compromiso temprano, alguna reunión. Por suerte no. Por fin entro al edificio. Toco el timbre, pero es tan relento por la mierda. Lo ha arreglado al menos 5 veces desde que trabajo ahí. Nunca lo tomo, pero pensé que sería útil dada la situación. Viene en el piso -3. Mejor continúo a pie. Corro, subo las escaleras. Trato de disminuir la velocidad, porque el calor de mis mejillas se ha transformado en mini gotas de sudor que se confunden con las pecas-comentadas antes y heredadas de mi madre-y decoran mi nariz. Por fin abro la puerta. No hay nadie. Todos están tomando desayuno tranquilos y a nadie podría importarle menos que yo haya llegado 10 minutos tarde.
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